....Bernardo Torrens

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EN LA REDENCION DE LOS CUERPOS

por Basilio Baltasar

 

Aunque la asfixia espiritual estrangule a los que padecen desolación y abandono, golpeándolos con esa indolencia que el destino arrastra, sabio y horrible en su rutina, imprevisible y anunciado, como la conjetura que cimbrea la coronilla de los hombres. Aunque ellos sufran dos veces por la única causa que concibe su infortunio, hay que prever la retribución que su dolor merece. Son las aspas del tiempo, sombra apacible y muda que gobierna en los rincones del mundo, las que giran mientras todas vamos muriendo, las que ordenan este ciclo de abismos y espantos, de contrición, de belleza.

Por la muerte pavorosa del arte (¡tanto lamento tardío, tanta pena hipócrita!) prolongan ahora su existencia los demasiados esa comisión de impotencia, ignorancia y maldad que se embriaga en los salones de un ocio perverso y decadente, bílico y bilioso, encarnación de alguna potencia infernal exiliada, posesión de almas condenadas a padecer la vigencia inagotable de sus acciones, vicios que arrancan júbilo y agotamiento a los adocenados, sacrilegio que campea impune su afrenta obscena, griterío y tropelía de ambiciones uniformadas para besarle el culo al demonio.

El émulo calla (temeroso y tímido en los confines de su dignidad) pero en secreto abjura, añora los viejos capítulos de la cultura ahora destruida y admira una a una las cualidades del arte entendido como ave fénix: de las cenizas, fortaleza, de las cenizas, verdad, de las cenizas, pericia y dominio, disciplina y obediencia, de las cenizas, aún las que esparce el viento, proporción y belleza.

Si el oráculo lo hubiera dicho todo sobre el resurgimiento del arte incendiado (nuestra generación le prendió fuego para iluminar el porvenir, en un afán furioso de justicia), ese que ahora vemos aproximarse, coronado por el mutismo, no lo acogeríamos como una rareza, como una novedad. No nos sorprendería. Pero el jeroglífico de los profetas juega y esconde, confunde, nos pierde una vez que hemos empezado a creer en él. Ahí están las señales que nos hablan del arte y del retorno previsto por la ley. Después de soportar el estropicio de este malévolo siglo, oficiado por los íncubos de un poder insatisfecho, voraz, implacable, la resurrección del arte sólo puede entenderse como una insurrección mítica, como un canto para los gloriosos fantasmas del pasado, para los sublimes maestros, para las imágenes que dieron pábulo al origen. Venganza letárgica, que sabe esperar, y que lanza contra lo feo y el mal, un límpido y luminoso aliento edificado en el aire de un orden esperado. No el que quieren los miedosos, no el que convocan los nostálgicos, no el que predican los apóstoles y villanos de este mundo. Estamos hablando de una secuencia de imágenes que por orden del tiempo recupera el aspecto del relato original. Hubo una voz capaz de contar una historia: los capítulos y las figuras del mundo son sustancia de esa idea, escena en donde todo gesto encuentra su acomodo

La pintura de Torrens pertenece al arte y a ese núcleo narrativo fundacional que redimirá el cuerpo del hombre, delatando el embuste que lo enferma, que lo banaliza, que lo pervierte. Sometido a la soledad esencial, el cuerpo del hombre es una medida, una semejanza, una huella que no ha sido discernida. Los cuerpos que aprisiona Torrens pertenecen a un proceso: perplejos en el calabozo de la mirada, indagan el alcance de sus movimientos, exploran su dimensión como si hubiera sido repentino el acto de su creador. Todos los cuerpos quieren saber donde surgió su enigmática presencia y no admiten el consuelo fácil de los demás. Aunque a veces se toquen, aunque parezca inminente el hábito del reconocimiento, no transigen y con la desnudez como único atributo hacen clamar su silencio, hacen clamar su soledad.

Este realismo, cuyo adjetivo dejamos oculto, hace temblar nuestras concepciones metafísicas y nos somete a una perturbadora veracidad. Pensar el cuerpo, pensar el pensamiento, recorrer con las manos, los brazos y el busto todos los episodios del movimiento nos devuelve al instante crucial de la existencia: desnudos en la nada callada. Despojados de la maquinación que arruina la insólita consistencia del ser, el cuerpo debe sufrir un primer acoso de pánico, proferir un escandaloso grito de auxilio. Luego, en los últimos temores de la desolación vendrá la resignación, el aniquilamiento, más tarde, la verdad de un cuerpo desnudo y solo que hace palpitar en su seno algo más que una obsesión de poder.

La obra de Torrens es parte de un aprendizaje desconcertante: el retorno a la verdad desnuda del cuerpo. En cierto modo, anticipa el desafío que quiere una cultura hastiada, cansada del artificio, agotada por el ejercicio de la simulación mentirosa, exhausta por el espejismo idolatrado. Una cultura que ya no puede comprender, una cultura inútil, rota. Quizá en el arte encontremos esa perspectiva inteligente y despiadada, cuyo único acto de misericordia será ver el mundo y el cuerpo tal como son.

Algo verdadero se nos está revelando cuando un artista fija de nuevo su mirada en el cuerpo. No ya ese acontecimiento de la vida fértil que todo lo alumbra en su indolencia mecánica, ni la cansina embriaguez de útero invisible, ni ese sórdido trance hacia los amplios salones de la muerte acogedora, impaciente, hambrienta. La percepción del cuerpo sólo es posible cuando alguien ha comprendido su valor simbólico. En el gesto cuando crujen simultaneamente las articulaciones y la carne tensa el alma de sus filamentos, vemos encarnado un propósito. Se desenvuelve como único enigma del mundo y nos conmueve cuando hemos descubierto que habla sin palabras, cuando sospechamos que está diciendo mucho más de lo que consigue aparentar ante nuestra desconfianza. El cuerpo y sus orígenes, el cuerpo y sus misterios de gozo y dolor, el cuerpo y su tiranía, revolviéndose contra el tiempo y la rutina de los días. El cuerpo y su belleza aletargada, concepción que surge de la nada para volver al vacío. Que disuelve la imagen de su presencia en la inconfundible y temible amnesia que todo lo aniquila. El cuerpo es la huella de una voluntad que al fin ha encontrado su tiempo : es probable que juegue, que lo intente todo, y que finalmente se pierda en las agonías de la ceniza sarcástica. El cuerpo es un instante raro, es el mar en una copa de oro, todas las tormentas en una mirada, todos los cementerios en un solo esqueleto. Hay que saber ver para comprender estas imágenes; visión única que por si sola redime a la cultura. Las visiones del cuerpo restaurado por Torrens son una premonición.

No debe ser mal entendida la soledad que envuelve los cuerpos de Torrens. Acostumbrados al ruido de nuestros días - la promiscua fiesta del infortunio colectivo - lamentamos el padecimiento solitario y celebramos el padecimiento compartido. No es ningún consuelo y en nada rectifica lo esencial del disturbio cósmico, que se agita como una lombriz en nuestras entrañas, pero hemos postergado la realidad mediante este gesto de rendición que nos agrupa en el montón. Torrens busca y mira cuerpos solos y desnudos, atentos al devenir que los envuelve, plenamente conscientes de lo que ocurre, entregados, si se quiere a un único beso, o una única ternura, pero capaces de sentir en toda su plenitud el significado de esa vida encarnada que, de repente, ocupa un lugar en el mundo y empieza a medir el tiempo a dar cuenta de todo lo que pierde, a comprender cómo se escurre el universo a través de nuestros ojos, gran red cristalina por la que pasan como una exhalación los astros y la noche, los confines y el fuego que arde por doquier.

Hay en Torrens esa nobleza de espíritu que hemos perdido de vista y que no sabemos reconocer. La cultura, en su tráfico criminal de cuerpos y posesiones, lo tiene todo menos el respeto ante esta insólita encarnación que algunos hombres, como ese torero-albañil que retrató Torrens, han sabido conservar con dignidad. La sabiduría del estar - ah, grandeza de las almas antiguas!- conciencia plena de ser en su sitio, lugar único que nadie puede arrebatarte y que no debería mendigar jamás, plaza de una soberanía creada al principo de los tiempos y que tantos han perdido para ser esclavos de la consideración ajena, del juicio del prójimo, del poder.

El cuerpo como símbolo que evoca el misterio en su desconcertante tránsito hacia otro mundo y el cuerpo como proclamación de una majestad que adquirió el único dominio de si mismo. Ved aquí promulgada la más sencilla y rotunda proclamación de indulgencia: clamor que oyen los muertos y lamentan los moribundos: los únicos que tienen fuerza y valor para arrepentirse. Esa posesión que se asienta en la grandeza de un único cuerpo, que se declara a sí mismo con la elegancia del ser y que deja en la devastación absoluta las ambiciones que lo quieren empujar a la enfermedad.

El desgajamiento de la carne, la úlcera que la corroe, la llaga que hiere al cuerpo sin cerrar su sangrienta magulladura: la enfermedad del cuerpo es la enfermedad del espíritu. Lo que se teme con tanta solemnidad, lo que se conjura con ungüentos, no tiene cura. Es el desenlace de una afrenta anterior cuyo estallido ya sucedió. El mundo y la carne son el capítulo de una derrota del espíritu: pudiendo comprender, prefirió ignorar, pudiendo saber, escogió olvidar. En estas condiciones sólo será posibe esa lenta cangrena que corroe el ánimo, haciendo sucumbir a los cuerpos en la ponzoña civil, hundiéndolos en la lepra de la obediencia y del miedo.

El cuerpo desnudo y solo que ha retratado Torrens es un cuerpo sabio. Tiene memoria y en su recuerdo sutil – onírica certidumbre - de una verdad inaprensible - subsiste la impresión original. Percibid ese silencio puntilloso, protegido de la contingencia, cuya fragilidad nos parece todavía una condición sagrada y en cuyo río seminal beben los bueyes del cielo. Parece una ausencia, la estela invisible de un animal herido, el gran manto de las vírgenes negras, el aliento de una caverna barroca, el soplo tibio de un alfarero. Introducid vuestros cuerpos en el capítulo luminoso de estas corrientes y nada será como fue.

 

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