BERNARDO TORRENS |
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EL
ESPIRITU DE LA REALIDAD
por Isabel Tajahuerce Durante muchos años, desde que apenas era un niño, Bernardo Torrens, en la soledad de una mesa de estudio, garabateó los cuadernos del colegio para expresar todo aquello que de otra forma le resultaba difícil comunicar a los demás. Su carácter excesivamente tímido le impedia mostrar lo más íntimo de si mismo y así su mundo interior quedaba encerrado en unas hojas de papel a las que nadie tenía acceso. Nunca quiso matricularse en una Facultad de Bellas Artes y aprendió a dibujar llevado únicamente por el instinto, por esa necesidad imperiosa de dar forma a los fantasmas de su mente, luego le llegaría el conocimiento del cuerpo humano por medio de sus estudios de medicina causa de que jamás hallemos en los personajes de su obra un solo músculo fuera de lugar. Pero llegó un momento en que aquella necesidad de narrar sus experiencias interiores se hizo más y más fuerte, hasta que Bernardo Torrens decidió convertir la pintura en su forma de vida, con lo que abandona los estudios de medicina y comienza un aprendizaje exhaustivo, estudiando la obra de los grandes maestros, leyendo, investigando e intercambiando conocimientos con otros artistas cuya aportación fue sumamente enriquecedora. El conjunto de esta exposición es un recorrido a través de la obra de quien cada día busca reflejar con más exactitud un conjunto de emociones y sentimientos. Muchos se preguntarán por qué motivo ha elegido entonces una técnica que, al menos aparentemente, sólo puede ofrecernos un aspecto muy limitado de todo aquello que es íntimo e imperceptible, ya que únicamente el aspecto externo de la realidad es lo que percibirán nuestros ojos. Fue precisamente la dificultad que conlleva lo que atrajo al pintor hacia ese realismo considerado por muchos incapaz de adentrarse en la complejidad de la emoción, la pasión, las contradicciones humanas, la vida en definitiva; con ello, Bernardo Torrens, se imponía un duro reto: sacar a la luz lo más espiritual del ser humano desde la perfección formal. Por lo tanto, si queremos acercarnos de verdad a la obra que tenemos ante nosotros, es necesario que nos desprendamos para siempre de determinados prejuicios estéticos que algunas corrientes criticas llevan imponiendo desde hace mucho tiempo, dificultando así al espectador el acercamiento sincero a la obra de arte y la comunicación con el propio cuadro y con su autor a través de éste. El comentario que hicieron algunas personas que se introdujeron en la obra de Bernardo Torrens, con intención de alejarse de las cuestiones puramente anecdóticas de un cuadro pintado con una intachable técnica realista, pueden hacernos reflexionar sobre la capacidad del arte realista para trascender lo puramente estético. El primero de ellos provenía de una de sus modelos y venía a decir, más o menos, que mientras posaba para el pintor sentía que éste le robaba su piel y se la implantaba a un personaje que gracias a ello cobraba vida erigiéndose así en transmisor de toda una serie de sensaciones. El segundo de aquellos comentarios surgió de una manera tremendamente espontánea de un espectador que afirmaba que ante aquellos cuadros, sin comprender por qué, se adentraba en todo un mundo de reacciones sensoriales, se le agudizaba el sentido táctil y él mismo se sentía tocado. Ello nos demuestra que si bien Bernardo Torrens ha elegido el realismo como forma de expresión consigue no obstante traspasar ese mundo de apariencias, y no está dispuesto a quedarse en la superficialidad de la forma. Contrariamente a quien sólo busca el efectismo visual que consigue la técnica, no renuncia en ningún momento a ir más allá de la pura realidad para plasmar todo aquello que no podemos captar con una simple mirada al mundo que nos rodea. Los personajes de los cuadros retienen en su inmovilidad ficticia todo el espíritu de contradicción humana, lo que hace que en muchas ocasiones sintamos un escalofrío y nos encontremos incómodos por esa entrada un tanto agresiva en nuestra intimidad, porque no son los temores, pasiones y deseos contenidos de un extraño los que se nos ofrecen, sino los nuestros; no es de la piel de lo que nos estamos desprendiendo sino de algo mucho más íntimo, y aunque resulta imperceptible para muchos de quienes nos rodean se nos escapa por cada uno de los poros de nuestro cuerpo. Da igual que esos personajes abrazados o en íntimo contacto, sean hombres, mujeres u objetos inanimados, todos ellos cumplen su misión de transmisores de sensaciones que muy poco tienen que ver con su apariencia física. La obra de Bernardo Torrens está formada por una serie de personajes y de símbolos siempre equilibrados, envueltos en una aparente atmósfera de paz y de sosiego, pero contiene la preocupación constante por todas esas pasiones que el ser humano se niega a sacar fácilmente a la superficie. Esos cuerpos reposando sobre un mármol frío nos inquietan, sentimos al mismo tiempo atracción y rechazo, en unos casos nos acercaremos a ellos con curiosidad, en otros nos quedaremos con la apariencia temiendo una profundización mayor. Si buscamos una simbología acorde a nuestro vivir cotidiano tendemos inmediatamente a identificar esos mármoles con la muerte, pero si no nos acobardamos, si somos capaces de mantener la vista y penetramos en lo más interno, hallaremos algo más duro de asimilar, descubriremos que esa atracción y rechazo por el cuadro no es sino el producto de esa búsqueda constante de libertad que atormenta nuestro interior, el deseo de acercarnos a ella mientras el temor nos lleva a rechazarla. Esa angustia, propia del deseo y la negación de la libertad, es una constante de toda la obra de este artista, y porque la transmite nos inquieta. El tiempo y su interferencia en la misma libertad es otra de las claves que agobia con su presencia. Es un tiempo cerrado, redondo como la propia tierra, pero también como ella misma irregular, formando parte de un espacio más amplio que le otorga un significado diferente. Ese tiempo en la mayoría de los cuadros aparece simbolizado por una bola de mármol que entra en contacto con los personajes, rompiendo para siempre su vinculación con el momento concreto en que sus cuerpos se inmovilizaron. Es al fin la aceptación de la libertad que da trascendencia al mundo real, fusionándolo con aquellos sentimientos que hunden sus raíces en la propia naturaleza del ser humano, impidiendo que la existencia se limite a lo puramente social. El contenido de un cuadro es, por tanto, el equivalente a su propia forma: dos mundos constantemente enfrentados, lo material y lo espiritual, el realismo puro y la abstracción del sentimiento, unidos en la misma proporción con que se enfrentan en la complejidad de su existencia, con los mismos deseos e inquietudes y una misma apariencia. El conjunto de la exposición que hoy nos ocupa es el resultado de casi cuatro años de trabajo, de investigación y, cómo no, de experiencias que van enriqueciendo al artista tanto en su aspecto profesional como personal, lo que repercute irremediablemente en la obra. Todo ello se nos muestra en esta veintena de cuadros que por primera vez se reunen y nos incitan a la reflexión, para que penetrando en el conjunto que tenemos ante nosotros olvidemos por un momento esas anécdotas técnicas y nos adentremos en el verdadero espíritu de la realidad.
PERSPECTIVA HISTÓRICA DEL REALISMO ESPAÑOL por Lloyd Nick, Director del Museo de la Universidad Oglethorpe. Esta exposición de realistas españoles contemporáneos puede que sorprenda al ojo de nuestro siglo irritado por el arte abstracto y extravagante. Sin embargo, la perspectiva histórica demuestra que estos artistas emergen de la verdadera tradición española del arte. Los artistas españoles han mostrado una notable habilidad para imprimir realismo y vitalidad a los temas religiosos. En ningún otro lugar se les han dado tales formas terrenales como en España. Los pintores crearon representaciones llenas de vida del rostro humano en épocas tan tempranas como el siglo XII. Los rasgos de sus imágenes religiosas provenían, a veces, de la vida que los rodeaba. En la época del Greco floreció la Contra-Reforma bajo la lnquisición. En aquél tiempo el fervor de los católicos españoles era casi extático. En el cuadro El Entierro del Conde Orgaz, la descripción del Greco sobre la muerte del conde es como la de un milagro. El Greco combinó el misticismo con el retrato; no sólo se pintó a sí mismo y a su hijo como testigos del funeral de Orgaz sino que también incluyó retratos de la gente de la calle de su Toledo adoptivo en otros de sus cuadros religiosos. El sigo XVI fue la época de oro de la cultura española. Junto con Cervantes, Lope de Vega y Calderón, un genuino realismo español surgió con la pintura de Rivera, Zurbarán y Velázquez en el siglo XVII. Estos fueron artistas tesoneros que se destacaron por su observación fiel y exacta y su capacidad para traducirlas a la pintura. Zurbarán, el Caravaggio español, fue el primer maestro del bodegón. En su representación de los utensilios de la vida cotidiana se muestra sencillez y poesía. Estos objetos relucen con misticismo callado. Pintó con el cuidado meticuloso típico del arte holandés el cual influyó sobre su trabajo. Velázquez, el pináculo de la pintura barroca del siglo XVII, desarrolló el retrato objetivo sin trazas de adulación ni idealismo. Esta tradición fue continuada por Goya quien, como Velázquez, también interpretó con veracidad la apariencia de la familia real. Extrañamente, ninguno de estos artistas tuvo la bendición de un modelo bello o atractivo; tanto los Habsburgos como los Borbones eran indiscutiblemente considerados poco agraciados en su apariencia física. El realismo pictórico de Velázquez describe la verdad del momento con tanta precisión como una instántanea. Los miembros de la familia real posaban como los rígidos clientes de los primeros fotógrafos de dos siglos después. Sin embargo el interés real de Velázquez era el de pintar el hombre ordinario, el campesino. Sus esfuerzos por lograr una descripción de intenso realismo del mundo cotidiano que lo rodeaba fueron de muy alto nivel. Otro tema importante en la pintura española figurativa fue el del desnudo femenino secular. Comienza con Velázquez como un siglo y medio antes que la Maja Desnuda de Goya. El desnudo, hasta la época de Velázquez, quedaba relegado sólo para la descripción de las almas de los muertos en los cuadros religiosos. Al rechazar esta limitación prescrita y aceptar la influencia de los sumamente sensuales y seculares venecianos, Velázquez creó una diosa del amor que más bien parece una reencarnación de la antigüedad y no de las almas anónimas y pecadoras de la cristiandad. Sus Venus ilustran esto de forma apropiada. El realismo de la España contemporánea en esta exposicion es continuador del elevado nivel de maestría y los temas tradicionales de la España antigua. Es sincero en su falta de superficialidad y artilugio de siglo XX. Como sus conocidos predecesores, los artistas representados tienen un fuerte fundamento en el dibujo, especialmente el dibujo de la figura. Dos de ellos, Valls y Torrens comenzaron su entrenamiento educacional no en el arte, sino en la medicina comprendiendo así el potencial físico, la estructura y las limitaciones del cuerpo humano. Valls no utiliza modelo para sus creaciones alquímicas, mientras que Torrens emplea la técnica moderna del hiper-realismo, el aerógrafo. Como El Greco, lsoe introduce la sensibilidad de otra cultura y su estética innata; el resultado es poderosas imágenes analíticamente concebidas. Roa transforma la cotidianeidad que lo rodea en la mágica, pero terrenal tradición de Zurbarán y Velázquez. La realidad para los maestros españoles ha mostrado siempre las sombras de la vida. A diferencia del mundo del celuloide de Hollywood, nunca hay un final totalmente feliz, porque ellos estudian y viven la vida con intensidad espiritual y dedicación a la verdad. Su trabajo artístico pulsa lleno de vida en su pleno espectro- es rico en color y textura, palpable a los sentidos y altamente energetizante. Según estudiamos las pinturas y dibujos en esta exposición Cuatro de Madrid: Realismo Español Contemporáneo, vemos un díbujo superior y la participación apasionada en el alma española. Puede que también seamos testigos del principio de un Renacimiento, la próxima Edad de Oro española.
ÁMBITOS MISTERIOSOS. GRITOS CALLADOS por Gabriel Villalba, Comisario de "Cuatro de Madrid. Realismo Español Contemporáneo"
No todo lo que se puede nombrar es lo que existe. Ha tenido el hombre desde lo más remoto de los tiempos la facultad del gesto: el código de la expresión. Se ha diferenciado, se ha enriquecido precisamente por la facultad que más le separaba de los suyos. El rasgo. La capacidad de realizar acciones en un impulso afectivo. Sobraba, quizás, el verbo. O no fue lo primero. Antes hubo de existir el ademán, la seña. Capacitado, suficiente para contener todo lo que podía expresar, inventa el hombre un primer lenguaje: el de su propio cuerpo, dictado por su propio pensamiento. El rasgo deviene en trazo, acto volitivo como puente de entendimiento, tal vez como grito silencioso, como sonda lanzada que pretende entendimiento, que necesita llegar al otro lado, a la otra orilla: al otro pensamiento para medir el suyo. Inventa el hombre la manera, su manera, por medio de la imaginación, de lo más íntimo. Narra, hilo transmisor, comunica, hilo misterioso, como verdaderas cosas que no lo son, que no existen. Solo el pensamiento, transformado en realidad, añadidura, exceso. Por el hallazgo de lo expresivo puede exteriorizar, de manera definitiva, aquello que siente, que quiere, que sólo había tenido esquema dentro de él. Subviene el proceso: crea la realidad porque la nombra y la conforma. Previamente no existe la realidad, existe la creencia de que la realidad existe. Intuición. Recreación de lo íntimo, de lo anímico. Ahora es capaz, ya, de comunicar una cierta apariencia de vida a la obra hecha. De animar lo abstracto para lo determinado, facultando la emisión o recepción de las emociones, de las impresiones, estimulantes o deprimentes, como asiento claro de actitudes correspondientes. Se ha hallado, definitivamente, el lenguaje silencioso - el misterio - lugar cerrado del pensamiento que logra dar a conocer las circunstancias de si mismo, expresar que las cosas designadas son en efecto una sola aún en los distintos casos. Capacidad para la transmisión: el movimiento. Todo fluye, entonces, del misterio a la claridad, del pensamiento a la mano, el hombre lo conduce y pretende inventar la realidad que no existe y así se topa con la propia. En esta lucha y sin la palabra, utiliza su fuerza para librarse del obstáculo: el profundo instinto. En efecto, lo traduce por el trazo, con el rasgo aparece, por fin, la realidad creada y adecuada a lo percibido, a lo sentido y que coincide en la esencia, lo que una cosa es prescindiendo de lo dictado por el sentido. La razón. Podríamos llamar trazo al dibujo, acaso la mejor forma de entender el concepto de pintura fuera asimilándolo al del lenguaje, podría, también, considerarse manera a todo el conjunto, pero todo ello unido no es otra cosa que pensamiento. Ambito extraño, espacio determinado donde es imposible establecer los límites porque es el límite. Así la pintura, así el dibujo. Perfecta correa de transmisión de lo íntimo a lo claro ejerciendo el derecho de hacer, la facultad y la libertad de elegir. La opción. De tal manera el realismo conmueve, no por lo que pueda tener de fijación de lo percibido sino por lo que tiene de privado, de hermético, de ajustado esquema de representación de lo intuido, de lo meditado alzado al grado de creación, posibilitando, necesariamente, que pueda comenzar a existir. La exposición que nos ocupa, ofrecida por el Museo de la Universidad Oglethorpe, reúne desde muy distintas vias, desde posiciones muy diversas, conclusiones que servirán de pacto con todo lo anterior. Cuatro acciones. Cuatro modos diferentes de percibir, de aprehender, bien con los sentidos o con la inteligencia, algo tan inaprensible como la realidad. De los Cuatro de Madrid atendamos la emoción de Bernardo P. Torrens: La realidad acechada. La observancia cautelosa. El propósito de vigilancia, de estar a la espera de que algo se produzca para apropiárselo, como contenida emoción, preside cada obra del pintor. Captar la acción y que ésta, sujeto u objeto, quede sustantivada, plasmada. Quieta como reflejo de un suceso anterior y que así pueda ser nombrada no por lo que representa, sino por lo que fue. Heladora resonancia de la descarga, de la fijación del instante posterior. Llevar el tiempo a su anterior transcurso, impedir que los acontecimientos del drama tengan solucion. Pender el punto de la reflexión, con la plomada apuntando al corazón, es la propuesta. El proyecto presentado: la provocación. Dejar queda la posición para intranquilizar al adversario. Realidad estática no dada a la lujuria aunque muestre su código. Pacífica oratoria que desgrana el discurso lacónico de la carne dispuesta, del abrazo eterno, de la mirada sigilosa por los resplandores gríseos que separa el deseo del pecado material. Incitante acto espiritual, amorosa entrega Dictina que por amor transforma y por amor sucumbe. Auténtica realidad, como la apoyada en un dichoso país donde se para el aire para quedar reflejado en un espejo.
EN LA REDENCION DE LOS CUERPOS por Basilio Baltasar Aunque la asfixia espiritual estrangule a los que padecen desolación y abandono, golpeándolos con esa indolencia que el destino arrastra, sabio y horrible en su rutina, imprevisible y anunciado, como la conjetura que cimbrea la coronilla de los hombres. Aunque ellos sufran dos veces por la única causa que concibe su infortunio, hay que prever la retribución que su dolor merece. Son las aspas del tiempo, sombra apacible y muda que gobierna en los rincones del mundo, las que giran mientras todas vamos muriendo, las que ordenan este ciclo de abismos y espantos, de contrición, de belleza. Por la muerte pavorosa del arte (¡tanto lamento tardío, tanta pena hipócrita!) prolongan ahora su existencia los demasiados esa comisión de impotencia, ignorancia y maldad que se embriaga en los salones de un ocio perverso y decadente, bílico y bilioso, encarnación de alguna potencia infernal exiliada, posesión de almas condenadas a padecer la vigencia inagotable de sus acciones, vicios que arrancan júbilo y agotamiento a los adocenados, sacrilegio que campea impune su afrenta obscena, griterío y tropelía de ambiciones uniformadas para besarle el culo al demonio. El émulo calla (temeroso y tímido en los confines de su dignidad) pero en secreto abjura, añora los viejos capítulos de la cultura ahora destruida y admira una a una las cualidades del arte entendido como ave fénix: de las cenizas, fortaleza, de las cenizas, verdad, de las cenizas, pericia y dominio, disciplina y obediencia, de las cenizas, aún las que esparce el viento, proporción y belleza. Si el oráculo lo hubiera dicho todo sobre el resurgimiento del arte incendiado (nuestra generación le prendió fuego para iluminar el porvenir, en un afán furioso de justicia), ese que ahora vemos aproximarse, coronado por el mutismo, no lo acogeríamos como una rareza, como una novedad. No nos sorprendería. Pero el jeroglífico de los profetas juega y esconde, confunde, nos pierde una vez que hemos empezado a creer en él. Ahí están las señales que nos hablan del arte y del retorno previsto por la ley. Después de soportar el estropicio de este malévolo siglo, oficiado por los íncubos de un poder insatisfecho, voraz, implacable, la resurrección del arte sólo puede entenderse como una insurrección mítica, como un canto para los gloriosos fantasmas del pasado, para los sublimes maestros, para las imágenes que dieron pábulo al origen. Venganza letárgica, que sabe esperar, y que lanza contra lo feo y el mal, un límpido y luminoso aliento edificado en el aire de un orden esperado. No el que quieren los miedosos, no el que convocan los nostálgicos, no el que predican los apóstoles y villanos de este mundo. Estamos hablando de una secuencia de imágenes que por orden del tiempo recupera el aspecto del relato original. Hubo una voz capaz de contar una historia: los capítulos y las figuras del mundo son sustancia de esa idea, escena en donde todo gesto encuentra su acomodo La pintura de Torrens pertenece al arte y a ese núcleo narrativo fundacional que redimirá el cuerpo del hombre, delatando el embuste que lo enferma, que lo banaliza, que lo pervierte. Sometido a la soledad esencial, el cuerpo del hombre es una medida, una semejanza, una huella que no ha sido discernida. Los cuerpos que aprisiona Torrens pertenecen a un proceso: perplejos en el calabozo de la mirada, indagan el alcance de sus movimientos, exploran su dimensión como si hubiera sido repentino el acto de su creador. Todos los cuerpos quieren saber donde surgió su enigmática presencia y no admiten el consuelo fácil de los demás. Aunque a veces se toquen, aunque parezca inminente el hábito del reconocimiento, no transigen y con la desnudez como único atributo hacen clamar su silencio, hacen clamar su soledad. Este realismo, cuyo adjetivo dejamos oculto, hace temblar nuestras concepciones metafísicas y nos somete a una perturbadora veracidad. Pensar el cuerpo, pensar el pensamiento, recorrer con las manos, los brazos y el busto todos los episodios del movimiento nos devuelve al instante crucial de la existencia: desnudos en la nada callada. Despojados de la maquinación que arruina la insólita consistencia del ser, el cuerpo debe sufrir un primer acoso de pánico, proferir un escandaloso grito de auxilio. Luego, en los últimos temores de la desolación vendrá la resignación, el aniquilamiento, más tarde, la verdad de un cuerpo desnudo y solo que hace palpitar en su seno algo más que una obsesión de poder. La obra de Torrens es parte de un aprendizaje desconcertante: el retorno a la verdad desnuda del cuerpo. En cierto modo, anticipa el desafío que quiere una cultura hastiada, cansada del artificio, agotada por el ejercicio de la simulación mentirosa, exhausta por el espejismo idolatrado. Una cultura que ya no puede comprender, una cultura inútil, rota. Quizá en el arte encontremos esa perspectiva inteligente y despiadada, cuyo único acto de misericordia será ver el mundo y el cuerpo tal como son. Algo verdadero se nos está revelando cuando un artista fija de nuevo su mirada en el cuerpo. No ya ese acontecimiento de la vida fértil que todo lo alumbra en su indolencia mecánica, ni la cansina embriaguez de útero invisible, ni ese sórdido trance hacia los amplios salones de la muerte acogedora, impaciente, hambrienta. La percepción del cuerpo sólo es posible cuando alguien ha comprendido su valor simbólico. En el gesto cuando crujen simultaneamente las articulaciones y la carne tensa el alma de sus filamentos, vemos encarnado un propósito. Se desenvuelve como único enigma del mundo y nos conmueve cuando hemos descubierto que habla sin palabras, cuando sospechamos que está diciendo mucho más de lo que consigue aparentar ante nuestra desconfianza. El cuerpo y sus orígenes, el cuerpo y sus misterios de gozo y dolor, el cuerpo y su tiranía, revolviéndose contra el tiempo y la rutina de los días. El cuerpo y su belleza aletargada, concepción que surge de la nada para volver al vacío. Que disuelve la imagen de su presencia en la inconfundible y temible amnesia que todo lo aniquila. El cuerpo es la huella de una voluntad que al fin ha encontrado su tiempo: es probable que juegue, que lo intente todo, y que finalmente se pierda en las agonías de la ceniza sarcástica. El cuerpo es un instante raro, es el mar en una copa de oro, todas las tormentas en una mirada, todos los cementerios en un solo esqueleto. Hay que saber ver para comprender estas imágenes; visión única que por si sola redime a la cultura. Las visiones del cuerpo restaurado por Torrens son una premonición. No debe ser mal entendida la soledad que envuelve los cuerpos de Torrens. Acostumbrados al ruido de nuestros días - la promiscua fiesta del infortunio colectivo - lamentamos el padecimiento solitario y celebramos el padecimiento compartido. No es ningún consuelo y en nada rectifica lo esencial del disturbio cósmico, que se agita como una lombriz en nuestras entrañas, pero hemos postergado la realidad mediante este gesto de rendición que nos agrupa en el montón. Torrens busca y mira cuerpos solos y desnudos, atentos al devenir que los envuelve, plenamente conscientes de lo que ocurre, entregados, si se quiere a un único beso, o una única ternura, pero capaces de sentir en toda su plenitud el significado de esa vida encarnada que, de repente, ocupa un lugar en el mundo y empieza a medir el tiempo a dar cuenta de todo lo que pierde, a comprender cómo se escurre el universo a través de nuestros ojos, gran red cristalina por la que pasan como una exhalación los astros y la noche, los confines y el fuego que arde por doquier. Hay en Torrens esa nobleza de espíritu que hemos perdido de vista y que no sabemos reconocer. La cultura, en su tráfico criminal de cuerpos y posesiones, lo tiene todo menos el respeto ante esta insólita encarnación que algunos hombres, como ese torero-albañil que retrató Torrens, han sabido conservar con dignidad. La sabiduría del estar - ah, grandeza de las almas antiguas!- conciencia plena de ser en su sitio, lugar único que nadie puede arrebatarte y que no debería mendigar jamás, plaza de una soberanía creada al principo de los tiempos y que tantos han perdido para ser esclavos de la consideración ajena, del juicio del prójimo, del poder. El cuerpo como símbolo que evoca el misterio en su desconcertante tránsito hacia otro mundo y el cuerpo como proclamación de una majestad que adquirió el único dominio de si mismo. Ved aquí promulgada la más sencilla y rotunda proclamación de indulgencia: clamor que oyen los muertos y lamentan los moribundos: los únicos que tienen fuerza y valor para arrepentirse. Esa posesión que se asienta en la grandeza de un único cuerpo, que se declara a sí mismo con la elegancia del ser y que deja en la devastación absoluta las ambiciones que lo quieren empujar a la enfermedad. El desgajamiento de la carne, la úlcera que la corroe, la llaga que hiere al cuerpo sin cerrar su sangrienta magulladura: la enfermedad del cuerpo es la enfermedad del espíritu. Lo que se teme con tanta solemnidad, lo que se conjura con ungüentos, no tiene cura. Es el desenlace de una afrenta anterior cuyo estallido ya sucedió. El mundo y la carne son el capítulo de una derrota del espíritu: pudiendo comprender, prefirió ignorar, pudiendo saber, escogió olvidar. En estas condiciones sólo será posibe esa lenta cangrena que corroe el ánimo, haciendo sucumbir a los cuerpos en la ponzoña civil, hundiéndolos en la lepra de la obediencia y del miedo. El cuerpo desnudo y solo que ha retratado Torrens es un cuerpo sabio. Tiene memoria y en su recuerdo sutil onírica certidumbre - de una verdad inaprensible - subsiste la impresión original. Percibid ese silencio puntilloso, protegido de la contingencia, cuya fragilidad nos parece todavía una condición sagrada y en cuyo río seminal beben los bueyes del cielo. Parece una ausencia, la estela invisible de un animal herido, el gran manto de las vírgenes negras, el aliento de una caverna barroca, el soplo tibio de un alfarero. Introducid vuestros cuerpos en el capítulo luminoso de estas corrientes y nada será como fue.
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de Bernardo Torrens
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